Ángela Segovia: "Escribir es una carnicería, hay algo que destrozas por dentro y no sales indemne". Por Marta G.ª Miranda
Ángela Segovia: "Escribir es una carnicería, hay algo que destrozas por dentro y no sales indemne". Por Marta G.ª Miranda
ENTREVISTA
Ángela Segovia: "Escribir es una carnicería, hay algo que destrozas por dentro y no sales indemne"
La poeta, autora de 'Amor divino' o 'Mi paese salvaje', debuta en la novela con 'Joi', una fábula moral y oscura sobre la inocencia y la escritura como necesidad vital
Desaparece de su casa, en Las Navas del Marqués, el 23 de marzo de 1999. Tiene 12 años y ese día es domingo y nieva. Años después, aparece en el mismo bosque donde se perdió, con la cara y la ropa cubiertas de sangre. No recuerda nada de lo que sucedió durante todo ese tiempo ni de su vida anterior. No habla. Apenas entabla conversación con el mundo. En el pueblo la llaman la desaparecida. Después pasará tiempo en la unidad de rehabilitación psiquiátrica de un hospital, perderá una pierna en la que había una herida que ella no dejaba que cerrara, volverá a casa y su padre, antes de marcharse para siempre, le regalará un cuaderno de tapas de cartoné verdes.
Y en él escribirá su historia, que comenzará con la imagen de una niña asomada a un puente sobre el río Sena, en París, que después dormirá en el parque, el Forest DV, y vagabundeará por la ciudad y encontrará al profesor de filosofía y a los vendedores ambulantes y su cuerpo se dejará hacer, sin quejarse ni oponer resistencia, y alguien elegirá un nombre para ella, Joi, y un día aparecerá su némesis, Face, escritor y asesino con el que compartirá callejones y noches en hoteles de mala muerte, y en ese cuerpo suyo, siempre en silencio, se abrirá una herida por la que entrará el abuso y la violencia. Pero también la pulsión de la escritura, la obsesión por las palabras.
Autora de Amor divino, Mi paese salvaje, La curva se volvió barricada (Premio Nacional de Poesía Joven 2017) y de aquel relato o nouvelle llamado Las vitalidades, la poeta Ángela Segovia (Las Navas del Marqués, Ávila, 1987) debuta en la novela con Joi, una fábula moral, oscura, poética y audaz en torno a algo totalmente incomprensible, la inocencia absoluta, esa inocencia del idiota de Dostoievski o de los héroes de las novelas de caballería, una inocencia magnética y seductora, pisoteada y aplastada como una brizna de hierba, una inocencia que no pertenece a un mundo, el nuestro, que la ensucia y mancilla porque no sabe acogerla ni entenderla.
Con Joi, Segovia deja en pausa la poesía por tiempo indefinido para centrarse en la narrativa e inaugura, además, una nueva colección en La Uña Rota, casa editorial donde ha publicado toda su obra, llamada Libros del Condotiero, que toma prestado el título de la primera novela que escribió Perec, El Condotiero, rechazada por varias editoriales y publicada 30 años después de su muerte. Una novela de juventud en la que ya latían, dice el escritor y periodista francés Philippe Lançon, las preguntas que se hacen todos aquellos para quienes la escritura es la vida, las mismas que atraviesan Joi, una novela febril que Ángela Segovia escribió por las noches, en un estado casi de trance, con su hijo recién nacido en brazos.
“Las primeras ideas de este libro son de 2019, te diría que casi de 2018. Escribí tres manuscritos diferentes, con distintos títulos y personajes porque no sabía cómo abordar el corazón del libro, cientos de páginas escritas y borradas. Tiré a la basura los tres manuscritos. Probaba la forma y cómo me llevaba a lo que quería contar, pero fue muy frustrante. Eran los años previos al embarazo de mi hijo, escribía muchas horas al día y menos mal que a la vez iban saliendo poemas y otros libros, pero al final, el centro de mi vida era esta investigación. En esos primeros manuscritos escribí una novela que era pura ficción y otra que era pura autoficción. Y de esa especie de mezcla sale Joi,”, explica la autora a este diario.
Una vez halladas la voz y la forma, Ángela Segovia empezó a escribir Joi. “En la primera parte que escribo, Joi de los forets, ahí encontré el tono. Escribí la novela por las noches, con mi hijo Nicanor recién nacido, íntegramente en el móvil, en documentos de Google. La situación familiar era una locura porque yo había decidido, también muy locamente, que Nicanor no iría a la guardería y los dos primeros años fueron de crianza total. Por las noches, como ya había encontrado la voz y ya estaba la forma, la escritura me brotaba, pero mi hijo no dormía si estaba solo y si me iba al salón se despertaba, así que escribía con él sobre mi hombro y el móvil así (alza los brazos y los estira), en la habitación, a oscuras. Era como meterme en un túnel y viajar”.
Segovia permaneció en ese “túnel” durante cuatro años, desde 2021 al verano de 2024 y cuenta que, a diferencia de Las vitalidades, una nouvelle que escribió en dos meses, con Joi “tenía un compromiso extraño. En realidad, lo que más me importa de este libro es cómo ha sido el proceso de escritura porque lo que yo quería que me pasara era escribir cada una de sus páginas como si fueran poemas, con la sensación de inspiración permanente. No quería tener esa sensación de ahora voy a escribir esta parte, esta escena en la que sucede esto y lo otro. No lo soportaba, me parecía que era mentir, no sentía absolutamente nada... Así que tenía que esperar el momento, estar todo el día o incluso varios días masticando algo y luego, de repente, entrar como en un torbellino nocturno, entrar en trance, radicalmente en trance, era eso”.
P. ¿Cómo se mantiene un trance durante cuatro años?
R. Estando completamente disociada. Era como tener dos personalidades y un sentimiento absoluto de huida porque era como irme a otro lugar. Durante los tres primeros años tuve muy poca vida social, la escritura hiperobsesiva diurna no me había funcionado, me hacía falta algo de delirio, pero la cotidianidad me permitía no volverme loca porque esta novela ha sido un descenso a los infiernos, al lugar del mal. Entonces, claro, por el día tenía toda esa oxitocina de estar con mi bebé y llevarle a los parques, y por la noche entraba en el túnel.
P. En ese túnel habrá siempre una copa dorada, un bosque, un perro blanco… La novela está cargada de símbolos con mucha carga poética
R. Yo creo que eso fue uno de los primeros hallazgos. Pensé que si quería hacer una novela con una lógica interna de escritura parecida a cuando escribo poesía, la construcción de las tramas y el argumento no podía ser convencional como en una narrativa normal. ¿Cómo se construye la trama dentro de los libros de poesía? En mi caso, a través de los símbolos y, sobre todo, de los árboles de símbolos. Tampoco me gusta que los símbolos se expliquen demasiado y ahí trabajé mucho el texto porque para mí eran la luz en un terreno de oscuridad donde no sabía qué iba a pasar, pero no podían ser demasiado explícitos, tenían que iluminar pero no demasiado. Creo, además, que el libro tiene mucho de elipsis, tanto te da como tanto te quita, la elipsis es tan importante como lo que está escrito y algunas veces los símbolos estaban muy claros, como dices, y en el caso de la copa de oro es Perceval, la historia del Santo Grial de Chrétien de Troyes. Pero, en realidad, todo viene de mi libro Amor divino. Ahí está Lonesom, que es el profesor de filosofía, el escritor de esta novela podría ser el organizador de festivales de Amor divino, y Elle podría ser Joi. En esa época yo estaba fascinada con la novela de caballería y ahí está la inocencia. Supongo que fue cuando empecé a darle vueltas a esa idea, pero hay más cosas porque también me toca en lo personal.
P. La gran protagonista de la novela es la inocencia, encarnada por esa niña de 12 años llamada Joi, y hay un texto en el libro, escrito en cursiva, en el que una voz narradora dice: “Cualquier inocencia tiene el rostro vuelto hacia su propio final”, como si ese final fuera, en el fondo, la maldad
R. Pensé muchísimo en el tema de la inocencia. Las novelas de caballería son superingenuas y los personajes son naif, son como un pantocrátor del románico, pinturas casi infantiles y profundamente emotivas, que a la vez tienen algo agresivo. La literatura medieval tiene mucho de eso, sobre todo las novelas de caballería, en concreto Perceval. Es un muchacho que no sabe nada, ni siquiera cómo se llama, su madre le ha ocultado todo para protegerlo y esa inocencia es la que todo el tiempo le mete en problemas, pero a la vez lo salva, queda impune, y toda su inocencia va decantando su acción en el mundo. Pero volviendo a la pregunta sobre la inocencia y el mal, creo que la pregunta sobre el mal siempre ha estado y siempre va a estar. El hallazgo importante de este libro es que la inocencia y la maldad extremas no están tan alejadas.
P. Y, frente a esa inocencia radical, la maldad, la violencia y el abuso, que en su novela provienen de un universo mayoritariamente masculino
R. Sí, la dualidad ahí está clara. Es verdad que la amenaza está en esa masculinidad, en esa depredación. Pero yo, como escritora, me siento en comunión tanto con Joi como con Face porque para mí la escritura tiene algo de malvado, en la escritura hay una conversación con el mal, hay unos demonios que están presentes y hay una compasión que debo tener conmigo misma en tanto que estoy escribiendo y, por tanto, una mirada compasiva también hacia el mal en tanto que es el mundo que veo. Por eso es una fábula, porque estoy jugando con los extremos y, al final, es casi algo místico. Pero escribir desde ahí fue dificilísimo y me costó llegar a esa compasión con Face, poder describir lo que estaba pasando sin juzgarlo.
P. Joi es maltratada y abusada pero nunca reacciona, nunca se queja, se deja hacer. ¿Por qué decide construir una inocencia tan extrema y tan pasiva?
R. Creo que la inocencia radical que imaginé no consiste exactamente en no reaccionar, sino reaccionar con lo que se tiene en esa inocencia, que es la incapacidad misma para el ataque, como si se pudiera desarmar a partir justamente de la falta de armas. Es una fantasía, una especie de sueño mágico. Quizás recurrir al silencio, a esa apatía, a esa lejanía de Joi, era la forma de mantener congelada la inocencia, de lograr que no se esfumara e incluso de endurecerla para que, efectivamente, pudiera convertirse en una defensa. Es una inocencia tan grande que no se puede creer, que no puedes aplastar porque te ha dejado pasmado. Me emociona imaginar algo así. Por otro lado, lo más honesto sería reconocer que todo este asunto de la inocencia viene de un lugar más sencillo, de lo mucho que odié dejar de ser niña, de lo mucho que odié tener que renunciar a la inocencia, tener que aprender a anticipar los peligros, las amenazas de los hombres. Lo odié. Y quizás por eso Joi no crece. Y por eso es liberada de tener que aprender a adelantarse a su depredador. Ella sencillamente vive, y cuando llega el depredador, se mide con él, cuerpo a cuerpo. Hay también algo muy corporal que tiene que ver con la experiencia de escritura que necesitaba tener, que era el abandono. Si Face es el escritor, el ejecutor de la escritura, Joi es la escritura. Y para mí la escritura es el abandono, es dejarte ser machacada, poseída, aplastada. Por eso muchas veces a Joi se la compara con una hoja, una hierba por la que pasan y aplastan, pero yo encuentro en eso una erótica que le da la vuelta a esa posición de víctima, que aquí tiene el poder de ejercer la pasividad. Joi, además, está desconectada, es un personaje que está todo el rato en fuga, escapando. Y sí, supongo que la no confrontación de Joi con la realidad es la fuga, por eso creo que tiene mucho que ver conmigo, porque quizás es el camino que yo más he tomado.
P. Su novela habla de un mundo que no acaba de entender la inocencia y de ahí ese afán por ensuciarla, por destruirla. ¿Cómo es posible que eso no la modifique?
R. Joi permanece siempre pura en la inocencia porque eso no le roza. Esa es la ambición del libro, en realidad. Cómo hacer un personaje que sea el extremo de la inocencia hasta el punto de ser una idiota. De hecho, El idiota de Dostoyevski tiene mucho que ver también. Una idiota, una hierba totalmente pisoteada que, aun así, mantiene esa magia, esa cosa cristalina que todo el mundo desea tocar y a la vez no se atreve.
P. Pero Joi acaba en un psiquiátrico, muda y loca
R. Sí, esa es la derrota, claramente no es un libro que acabe bien, pero al final, la escritura aparece a través de la derrota. El escritor es Face, pero el texto que leemos es de ella.
P. Yo creo que, en el fondo, esta es una novela sobre la escritura
R. Es una novela sobre la escritura. Y estoy hablando de una escritura que es la mía, la de alguien que tiene que ser escritora, porque si no, no sobrevive. La escritura para mí es como un punto de fuga y eso es evidente en la imagen del teléfono móvil, escribiendo por la noche. He tenido todo el tiempo el pensamiento de que escribir es una carnicería, hay algo que destrozas por dentro cuando estás escribiendo, es muy bestia y no sales indemne. Yo no salí indemne, me deprimí un año. Acabé el libro y caí fulminada. Dijeron que fue por agotamiento nervioso y por no dormir en cuatro años, pero supongo que también fue por todo lo que había estado manejando.
P. Claro, ha contado cómo entra, pero ¿cómo se sale de un lugar así?
R. Salí con la primera parte del libro, La desaparecida, que fue la última que escribí, en verano, en Las Navas del Marqués. Encontrarme con ese personaje me sacó de la mano, pero fue muy enloquecedor también porque era toda la parte de Joi en el psiquiátrico. O sea, acabé loca, la verdad, loca y deprimida.
P. ¿De qué se nutre la autoficción que está presente en la novela?
R. Este es el libro que más me ha costado escribir. Todos los libros de poemas que he escrito están profundamente cargados de autobiografía. Y digo autobiografía, no digo vida. Yo creo que si he escrito poesía tanto tiempo era por esa necesidad de escaparme y de no ser interpretada o leída del todo. Eso me generaba mucha libertad, pero la desnudez es mayor cuando haces ficción porque dices muchas cosas, se te escapan las cosas. También es verdad que a mí no me interesa una narrativa que esté exenta de la vida del autor. Me vuelven loca Marguerite Duras, Bolaño, Faulkner, Cormac McCarthy… cuya vida está completamente escrita en sus obras. En Joi están las Navas del Marqués, los bares, las calles y el bosque, por supuesto. Tuve un abuelo que perdió una pierna y tuve un abuelo que me llevaba al bosque, eso es real. El bosque fue el primer lugar donde tuve ese sentimiento de inspiración, antes de que supiera que lo podía conseguir escribiendo. Tenía 12 o 13 años, la misma edad de Joi, y experimenté ese cosquilleo en la espalda, ese mordisco en la nuca de estar yéndome de mi cuerpo, totalmente dilatada y expandida. Era un boque al que iba mucho con mi abuelo, murió cuando yo tenía 15 años y empecé a ir sola, algo que a mi madre le traía loca, y tenía esa sensación un poco de peligro, de ahondar en el bosque, de perderme un poco, de sentir que los árboles realmente me estaban hablando y darme mucho miedo a mí misma pero a la vez… Ahí conocí la escritura antes de saber lo que era.
P. Además de Perceval y El idiota, en la novela también flota, y mucho, el espíritu de Rimbaud
R. Estuve un año viviendo en París y ahí hay un correlato que tiene que ver con mi vida, con cosas concretas de mi biografía. También hice varios viajes a Marruecos y aparece el desierto, que tiene muchísimo que ver con Rimbaud. Yo tenía entonces 21 años y para mí París fue una ciudad hostil, con mucha violencia masculina en la calle.
P. ¿Con qué demonios, a los que dedica esta novela, se ha estado midiendo?
R. Aunque trate sobre lo fugitivo y lo que huye, el reto fundamental era no hacer un libro en el que me estuviera escapando. Quería que fuera un libro que se entendiera y hacerlo sin abandonar la idea de trance y de inspiración. Ese era el reto para mí. Yo no sabía si podía escribir una novela de esa manera, sin oficio de escritora, algo que no quería porque sabía que no me iba a funcionar. No me seduce la experiencia de oficinista de la escritura. No me aporta nada. El reto era lograr una escritura que no se estuviera escapando todo el rato, que pudiera desvelar cosas. Yo empecé a escribir poemas porque no sabía escribir narrativa, pero yo he deseado escribir narrativa desde el principio y este es el libro de mi vida hasta el momento, es el libro que quería escribir.
P. ¿En su horizonte como escritora ya solo habrá narrativa?
R. Creo que lo más importante que tenía que hacer en poesía ya lo he hecho, y quizá dentro de diez años te diga que no tenía razón, pero siento que ya llegué a los lugares a los que tenía que llegar, ya me incomodé, ya busqué donde no encontraba nada, todo lo incómodo, todo lo difícil lo he pasado… En ese diálogo con la dificultad, el horizonte ahora mismo es narrativo.
P. ¿Ya tiene en mente otra novela?
R. Tengo dos, de hecho. Un proyecto del libro que, de momento, se llama Todo femenino, que va a ser largo, con personajes femeninos y una especie de conversación con la literatura escrita por mujeres. Y estoy ahora con otra novela, que quizá tenga menos partes, menos textos entrelazados.

Joi' es la primera novela de Ángela Segovia. / ALBA VIGARAY


