«Mayorga, o el placer de leer teatro»

17.09.2014

«Mayorga, o el placer de leer teatro»

Publicado en Revista Leer

En los últi­mos años rara es la tem­po­rada en que no aso­man a la car­te­lera dos o tres obras de Juan Mayorga, que se ha con­ver­tido, por ello, en el dra­ma­turgo espa­ñol más repre­sen­tado, el de pro­yec­ción más inter­na­cio­nal tam­bién. El hecho no deja de sor­pren­der en tiem­pos como los que corren, pues que es el suyo un tea­tro de la pala­bra y de la idea, y ni la una ni la otra tie­nen un papel rele­vante en una socie­dad como la nues­tra tan ape­gada a la pan­ta­lla y tan domi­nada por la ocu­rren­cia. Tam­poco esta­mos ante un tipo de tea­tro que tenga raí­ces en nues­tra tra­di­ción, si excep­tua­mos los casos de Cal­de­rón –tan admi­rado por Mayorga– y Una­muno, un autor casi iné­dito en los escenarios.

He dicho que el de Mayorga es un tea­tro de ideas, lo cual no es lo mismo que un tea­tro ideo­ló­gico o un tea­tro de tesis, como sub­raya Claire Spoo­ner en la breve pero jugosa intro­duc­ción a el libro que comen­ta­mos Tea­tro 1989–2014, edi­tado por La Uña Rota: “Muy lejos del tea­tro de tesis, Juan Mayorga esce­ni­fica el movi­miento per­ma­nente del pen­sa­miento […] y hace pal­pa­bles las ideas a tra­vés de la esce­ni­fi­ca­ción del con­flicto”. La apos­ti­lla recuerda la defensa que hacía Ortega y Gas­set –en su crí­tica de la nove­lís­tica baro­jiana– del pen­sa­miento en cuanto la mayor y más viva acti­vi­dad que pueda darse en el ser humano. Para que en la escena el pen­sa­miento no pese en exceso, el autor debe sos­la­yar toda ten­den­cia al ser­mo­neo y la ins­truc­ción, for­mas mono­ló­gi­cas del dis­curso. Mayorga lo con­si­gue cul­ti­vando el diá­logo dra­má­tico a la manera baj­ti­niana, esto es, dia­ló­gi­ca­mente, para que los espec­ta­do­res no tomen par­tido de ante­mano por la víc­tima o el ver­dugo, Bul­gá­kov o Sta­lin (Car­tas de amor a Sta­lin), Santa Teresa o el inqui­si­dor (la len­gua en peda­zos), el pedó­filo o su inte­rro­ga­dor (Hame­lin), el crea­dor o el crí­tico (El crí­tico. Si supiera can­tar me sal­va­ría)…

Quie­nes hayan visto algu­nas obras de Mayorga tie­nen ahora, gra­cias a este volu­mi­noso libro donde se reco­gen veinte, la opor­tu­ni­dad de revi­si­tar­las y reco­no­cer­las mediante esa honda refle­xión que no es tan dable rea­li­zar en el momento de la repre­sen­ta­ción. Se inclu­yen desde las más exi­to­sas (ade­más de las ya nom­bra­das, El chico de la última fila, La paz per­pe­tua, El gordo y el flaco…), hasta las que per­ma­ne­cen aún iné­di­tas en los esce­na­rios como Siete hom­bres bue­nos, Ange­lus Novus, Los yugos­la­vos, El car­tó­grafo, Reikiavik…

Aun cuando la escri­tura de Mayorga nada tenga que ver con las corrien­tes pos­dra­má­ti­cas en boga, tam­poco es deu­dora del sis­tema dra­má­tico tra­di­cio­nal: ni sub­tí­tu­los que enca­si­llen sus pie­zas, ni divi­sión en actos, cua­dros o esce­nas, ni ads­crip­ción a nin­gún nuevo rea­lismo. En su pie­zas mejo­res la ima­gi­na­ción vuela pode­rosa sobre el esce­na­rio, del que se adue­ñan en no pocas oca­sio­nes personajes-animales: los perros en La paz per­pe­tua, uno de sus títu­los más ambi­cio­sos acerca del terro­rismo, o Harriett, la tor­tuga cen­te­na­ria que cono­ció a Darwin.

A seme­janza de Peter Brook y de su maes­tro San­chis Sinis­te­rra, Mayorga pre­fiere los espa­cios vacíos, la esce­no­gra­fía aus­tera. En las últi­mas pie­zas ha pres­cin­dido casi ente­ra­mente de las didas­ca­lias. Por eso mismo, las pues­tas en escena de sus obras deben ser muy pon­de­ra­das por los direc­to­res, cuya ima­gi­na­ción vuela a veces dema­siado a ras del suelo. Cuando eso ocu­rre, como en el reciente mon­taje de El arte de la entre­vista en el Cen­tro Dra­má­tico Nacio­nal, la inten­si­dad dra­má­tica se resiente. Un ejem­plo con­tra­rio sería el de La len­gua en peda­zos, uno de sus últi­mos éxi­tos yde cuya direc­ción se encargó el pro­pio autor.

Aun cuando –como decía­mos– no hay pieza que poda­mos ads­cri­bir a los sub­gé­ne­ros dra­má­ti­cos tra­di­cio­na­les, todo el tea­tro de Mayorga está impreg­nado de una pecu­liar sus­tan­cia trá­gica. Su devo­ción pri­mera a un pen­sa­dor como Wal­ter Ben­ja­min, víc­tima pre­cur­sora de la mayor tra­ge­dia vivida en el siglo xx, tal vez expli­que su insis­ten­cia en algu­nos de los hechos más som­bríos de la civi­li­za­ción con­tem­po­rá­nea: el Holo­causto (Him­mel­weg), la Gue­rra Civil espa­ñola (El jar­dín que­mado), el comu­nismo sovié­tico (Car­tas de amor a Sta­lin), los gol­pes de estado (Más ceniza)…

Tea­tro de pala­bra y de pen­sa­miento, que se dis­fruta vién­dolo y tam­bién leyén­dolo. Acon­sejo a los lec­to­res comien­cen el libro por el her­moso epí­logo escrito por el autor –“Mi padre lee en voz alta”–: una apo­lo­gía de la lec­tura del tea­tro, de una lec­tura no solo indi­vi­dual sino en grupo, la lec­tura en la escuela, y el tea­tro, en fin, como ejer­ci­cio de res­pon­sa­bi­li­dad en común, según lo enten­diera Albert Camus, para quien frente al carác­ter soli­ta­rio de la lite­ra­tura, el tea­tro era siem­pre un hecho solidario.

Javier Huerta Calvo es cate­drá­tico de Lite­ra­tura de la Uni­ver­si­dad Com­plu­tense de Madrid.

Una ver­sión de este artículo ha sido publi­cada en el número de sep­tiem­bre de 2014, 255, de la Revista LEER